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Orsay

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Retrato del artista

Vincent van Gogh. 1889.

Estamos frente a uno de los cuadros más bellos y vibrantes de Vincent Van Gogh. Este es uno de los más de 43 autorretratos con que el famoso pintor nos muestra el paso del tiempo en él y la evolución de su técnica. Es una fortuna poder observar al artista en sus distintas etapas y esto no es debido a un afán narcisista o pretensioso, sino que responde a la necesidad de contar con un modelo, lo cual resultaba costoso por la cantidad de horas que implicaba. Con un espejo este inconveniente monetario desaparecía.
Van Gogh le escribe a su hermano Theo “Traje deliberadamente un espejo suficientemente bueno para permitirme trabajar con mi imagen por no tener modelo, porque si puedo pintar el color de mi propia cabeza, que no creo que completarlo sea tan difícil, podría pintar las cabezas de otras almas buenas, hombres y mujeres.”

Van Gogh nos mira directo, intensamente, y podemos notar ciertas marcas de cansancio en su rostro, pero el fondo parece reflejar la energía y el fuego interior que Vincent poseía. Este autorretrato fue realizado en el último año de su vida en Saint-Rémy, siete meses después del trágico episodio del corte de su oreja izquierda, la cual no vemos por su postura frente al espejo.

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